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FIGURA VENERABLE. Don Florencio Sal, quien llegó a cumplir 93 años, posó para esta fotogra-fía en la etapa final de su vida.
Murió en 1922. Tenía una magnífica estampa de hombre alto y bien plantado, con un rostro de ojos vivaces y barba blanquísima. Agricultor y comerciante, debió exiliarse en Chile, Perú y Bolivia en tiempos de Rosas. Fue diputado y senador a la Legislatura y se jubiló como Teso-rero General de la Pro-vincia.
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Texto de Carlos Páez de la Torre (h), publicación diario LA GACETA, 14/8/08 |
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| Relato | Referencias de Don Florencio Sal |
Recogidas por el Dr. Don José Ignacio Aráoz y
escritas en 1913. |
| Con gusto les presentamos aquí un resumen del relato mencionado. Esta fué una de las publicaciones hechas por el Gobierno de Tucumán, con motivo del centenario de 1916 (de allí que las citas a lugares deben relacionarse a 1913, año en que fue escrito). El nombre con que fue publicado es: |
| "Lo que era la ciudad de Tucumán 80 años atrás" |
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(...) "El Sr. Sal es una reliquia para esta ciudad. Perteneciente a sus más distinguidas familias, nació en el año de mil ochocientos veintinueve; y como todos los jóvenes de su época, apenas con rudimentos de escuela fué escribiente y dependiente de tienda con un sueldo mensual de diez pesos bolivianos. Pero empeoraron aún más los tiempos; la tiranía y la miseria se adueñaron de estas comarcas y el Señor Sal, de veinte años de edad, siguiendo la corriente general, tuvo que emigrar por los países vecinos durante varios años
en busca ilusoria de mejor fortuna. Recuerda que para Tucumán, vino una era de bienestar y progreso pasado el año cincuenta. Creció el señor Sal en un medio de grandes pobrezas y dificultades, que no doblegaron en lo más mínimo su temple y su energía física."(...) |
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| Este señor, típico representante de nuestros mayores, es el que nos ha contado estos recuerdos de sus mocedades, cuando nuestro Tucumán, dice, no merecía el nombre de ciudad, pues, aún con mayor extensión de sitio que de casas, lo que podía llamarse villa no excedía de dos cuadras a todos rumbos de la plaza; mas afuera eran sitios y quintas con ranchitos aislados y escasos. La plaza era un inculto monte de "ischibiles" cruzado por ....* diagonales donde pastaban animales y merodeaban viscachas que tenían su pueblo en la próxima manzana de San Francisco. |
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No había calles con empedrados, ni con veredas. Casi todas las casas principales eran de adobe; el material cocido en hornos resultaba caro, pues recién después de la venida de Lavalle con sus......* aprendieron de éstos los tucumanos a quemar en tabiques sus ladrillos. Donde es hoy el convento del Buen Pastor era el cementerio; la actual Plaza San Martín era entonces la conocida "Laguna" donde la gente pescaba, se bañaba y hasta se ahogaba en sus hondos remansos. Los alrededores servían de punto de arribada y de partida de los convoyes de nuestras legendarias carretas, cuyo tráfico formaba ahí una especia de mercado.
La acequia de la Patria corría por el actual boulevard Mitre y había otra acequia que alimentaba un gran calicanto de propiedad de un señor Torres, popular por su espíritu travieso, situado a cuatro cuadras más o menos al este de la ciudad, por donde tuvo asiento la "Fábrica de Armas". En este calicanto nuestras familias tenían la costumbre de ir por las tardes a bañarse, hasta que un dia el propietario las puso en serios apuros, porque, después de hacerles sustraer las ropas sigilosamente, las dejó en seco cortándoles el agua de la acequia. |
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En la hoy alegre y animada Plaza Independencia, característico y encantador punto de reunión de nuestra mejor sociedad, en los tiempos a que nos vamos refiriendo, por la noche los "jóvenes bien" se bañaban en la plaza frente a la Matriz (1).
En la calle Muñecas, pasando la esquina Mendoza, era el sitio del "condenado". Desde que caía la tarde nadie pasaba por ahí porque se creía que espantaba no recordamos qué difunto molesto. Bosques interminables circundaban por todos rumbos a la ciudad no bien pasadas las calles de ronda y dentro de la misma ciudad esos bosques eran ya preludiados por tupidas quintas de naranjos. En la esquina del palacio de Gobierno estaba el almacén y reñidero de gallos de Don Máximo Macial; en seguida hacia el sur, un cuarto grande y ruinoso que servía de cárcel de mujeres, y seguido a esta ruina el Cabildo (...).
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Había dos casas de altos monumentales para esos tiempos, (...) a la primera de éstas casas la llamaban "El Palacio" y fué la primera que tuvo algibe en la provincia.
La naturaleza y el clima de esta aislada y mísera aldea, tenían aspectos mucho más tropicales que el presente. las fuertes tormentas de truenos y relámpagos, las repentinas y torrenciales lluvias y los agobiantes calores eran mayores y más seguidos. En la tierra de sus calles y en sus ..........* y húmedas y pobres viviendas, las estaciones se hacían sentir más intensas. La atmósfera saturada de sus selvas cercanas y el delicioso y fuerte aroma de los azahares, jasmines del pais, claveles, nardos, diamelas, rosales y albahacas, daban a la ciudad en sus tardes de primavera su encanto proverbial |
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Eran distintos a los del presente, la conciencia colectiva, los gustos y el temperamento; Gobernador, dignidades, damas y caballeros, exteriorizando alegrías y entu-siasmo místicos, transportaban piedras para el templo de la Matriz que comenzó a edificarse; y la fiesta de su inauguración para el culto fué también de las más famosas por su significado
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(... ). Era un placer y un orgullo para los jóvenes y hombres maduros de nuestra mejor sociedad el cerrar sus tiendas los sábados a la tarde, montar a caballo y hacer los setenta ki-lómetros que nos separaban de Monteros para asistir a sus bailes, y estar de nuevo, como la cosa más natural del mundo, tras de sus mostradores el lunes bien temprano.
Impresionaba más que todo el concepto del valor y de la resistencia física.
Eran los héroes de la imaginación popular (...) los valientes, fuertes, y bizarros; La Madrid, Crisóstomo Álvarez, Lavalle, el Cura Campo, etc. De este último se cuenta que a puntapies dominó a varios asesinos que lo asaltaron, y se decía también que en una creciente del Salí, por pura ostentación, arriesgó su vida sacando unos animales que arrastraba el río. |
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Entre los títulos de vanidad social de nuestros abuelos, se contaba la de ser dueño ó dependiente de tienda, que era una de las ocupaciones distinguidas. Los jóvenes, cerrado el negocio, salían a la calle, ostentando su profesión con el girar de la llave nobiliaria entre los dedos con aire de orgullo y empaque de normalista. Y más grave era su aspecto y la admira-ción que se creían acreedores, cuando contaban en su haber y referían la proeza de un viaje a Buenos Aires, al frente de tropas de carretas, en compra y venta de mercaderías. El viaje no exento de peligros, duraba seis meses entre ida y vuelta, y el regreso se anunciaba desde le-jos con marciales y alegres toques de clarín; y constituían un acontecimiento comentado años tras años por las familias de los expedicionarios y por los interesados en los cargamentos.
La educación de la mujer en sus relaciones con el hombre fué en general retraída y severa. No era fácil conversar con la novia, sin oyentes, a no ser en los momentos en que se la acom-pañaba al piano ó al baile. Las niñas no podían salir a la calle sino acompañadas de perso-nas de respeto (...). Ah! de las mujeres y aún de los hombres que no asistierana la misa y a las fiestas religiosas celebradas en las humildes iglesias de entonces, míseras construccio-nes con techos de tejas y tablas. |
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* Faltante en el texto original
(1) La Iglesia La Matriz. |
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